Conoce la historia del Autódromo Hermanos Rodríguez

Texto: Armando Aguilar

La afición al deporte de Adolfo López Mateos, presidente de México de 1958 a 1964, era más que conocida. Su pasión eran los autos y no le bastaba con verlos o tenerlos en su garaje, lo que él más disfrutaba era pilotarlos. La leyenda cuenta que en no pocas ocasiones el presidente ordenó cerrar el recién creado Anillo Periférico del DF para correr a toda velocidad su Maserati 500 GT o para jugarse uno que otro arrancón con algunos de sus amigos aficionados al automovilismo. “De los tres primeros Jaguares XK-E que llegaron al país, uno era del presidente, otro de Bernardo Quintana –destacado empresario– y el otro de mi papá, todos fanáticos del deporte motor. Y sí, a las 11:00 pm cerraban el Periférico y se echaban carreritas”, confirma Héctor Valenzuela, hijo de Gilberto Valenzuela, director de Obras Públicas del DF durante la regencia de Ernesto P. Uruchurtu, quien gobernó la capital del país por 14 años, de 1952 a 1966.

El Club Roda

Era la década de los 50 y el ánimo de los fanáticos del automovilismo mexicano estaba en su apogeo. En 1953 el Club Automovilístico Roda ya organizaba la famosa carrera Circuito Avándaro y en 1956 creó la categoría Mecánica Nacional, en la cual mecánicos y pilotos como Fred Van Beuren –padre del mítico piloto mexicano Freddy Van Beuren– y Adolfo Velázquez –otro reconocido piloto– se dedicaron a construir y competir con autos de su propio diseño. “El Club Roda era un grupo de aficionados que se reunían para organizar carreras e involucrarse en todo gran proyecto automovilístico de la época, como la Carrera Panamericana, por lo cual sus integrantes eran asiduos pilotos en carreras realizadas en Puebla, Monterrey, San Luis Potosí…”, narra Héctor Valenzuela. Fred Van Beuren, Adolfo Velázquez, Fernando Gómez, Javier Velázquez –hermano de Adolfo–, Gilberto Valenzuela y Carlos Braniff son algunos de los nombres que conformaban el Club Roda.

Sin un motor en el corazón

Cuando el regente del Departamento del DF, Ernesto P. Uruchurtu, le encomendó al director de Obras Públicas, Gilberto Valenzuela, transformar el basurero del Ejido de la Magdalena Mixhuca en una enorme ciudad deportiva, el padre de Héctor supo de inmediato las posibilidades que este proyecto podría tener. El ingeniero Gilberto Valenzuela no tardó en contactar a su amigo el presidente de la República y le planteó la idea de crear un circuito, dentro de la Ciudad Deportiva, digno de albergar la carrera de mayor prestigio: la Fórmula 1. Entusiasmado con la idea, López Mateos sólo impuso una condición para apoyar la misión: Ernesto P. Uruchurtu no debía enterarse. La orden insinuaba que éste debía ser un proyecto en el que se involucrarían sólo los amantes del automovilismo. Al ver los planos y la maqueta de cómo quedaría la Ciudad Deportiva, Uruchurtu cuestionó al ingeniero Valenzuela por qué había un circuito en el diseño, a lo cual respondió ingeniosamente que sólo se trataba de un camino interno de servicio para que los camiones de carga pudieran trasladar el material de la obra.

Autódromo Magdalena Mixhuca

Así inició la construcción del máximo recinto del automovilismo deportivo de México. Y el Club Roda de inmediato se involucró en el proyecto. “Mi padre se encargó oficialmente del aspecto técnico de lo que sería el autódromo y en conjunto con mi tío, el ingeniero Javier Velázquez, y Fred Van Beuren trazaron el diseño de la pista”, recuerda Héctor Valenzuela.

El trazado de la pista resultó ser innovador, pero nos quedamos en que el dirigente del DF no sabía siquiera sobre la intención de crear una pista de carreras de autos, algo que tenía que resolverse. Sucedió durante una visita de López Mateos, Ernesto P. Uruchurtu y Gilberto Valenzuela para revisar el avance de la Ciudad Deportiva. Sorprendido al ver muy bien pavimentado el camino que había cuestionado anteriormente, Uruchurtu exigió una explicación al director de Obras Públicas. “El presidente se adelantó y le dijo: ‘Mira, Ernesto, sucede que Javier Velázquez ya está en tratos para traer a México un Gran Premio de la Fórmula 1 y, aprovechando que había espacio en la Ciudad Deportiva, decidimos construir un Autódromo de primer mundo”. Al Regente de Hierro sólo le quedó cuadrarse ante lo que había dispuesto el Señor Presidente. El Autódromo de la Magdalena Mixhuca, como fue nombrado en un principio, se inauguró el 20 de noviembre de 1959 con su primera carrera: “Los 500 kilómetros de la Ciudad de México”, la cual ganó Pedro Rodríguez, seguido por Moisés Solana y Ricardo Rodríguez, los otros destacados pilotos mexicanos.

El primer Gran Premio de México

Traer la prueba reina del automovilismo a nuestro país no fue una tarea sencilla. El ingeniero Javier Velázquez tuvo que viajar a Europa y EU para convencer a las escuderías de que México sería un buen anfitrión. Las gestiones rindieron frutos y el Primer Gran Premio de México fue pactado para el domingo 4 de noviembre de 1962 y constaría de 60 vueltas al circuito de cinco kilómetros, carrera en la cual participarían 20 de los mejores pilotos del mundo. El jueves se empezó a escuchar el rugido de los motores que hacían vibrar a quien anduviera cerca. Pero tenía que llegar el fatídico viernes 2 de noviembre, día de prácticas libres para que comenzaran a reconocer el circuito. Todo era felicidad cuando, Ricardo Rodríguez, la máxima esperanza de nuestro país por su reconocida trayectoria y por el tercer lugar logrado en el reciente GP de Italia, impuso el récord de pista. Instantes después, el piloto John Surtees lo batió por dos décimas de segundo.

La historia ya todo mundo la conoce: Rodríguez aceleró en busca de la gloria que le acababan de arrebatar y perdió la vida al incrustarse en el riel de protección de la curva peraltada. “Rodríguez tomó demasiado rápido la curva, la base de su auto chocó con el piso y la fuerza centrífuga le hizo perder el control”, narra Héctor Valenzuela en un manuscrito que, comenta para The Red Bulletin, espera convertir en un libro, el cual brinde un testimonio sobre la relación íntima que tuvo su familia con el automovilismo. El primer GP de México, por la magnitud de la tragedia, debía cancelarse; sin embargo, el padre y hermano de Ricardo insistieron en seguir adelante. “Es lo que Ricardo hubiera querido”, argumentaban. El Comité Organizador escuchó la voluntad de la familia. “El presidente López Mateos, aficionado número uno del automovilismo, dirigió una sentida ceremonia para rendir homenaje a Ricardo Rodríguez y dio paso a la carrera estelar del Primer Gran Premio de México”, reportaba la prensa en aquel 1962. La carrera transcurrió sin mayores incidentes y fue ganada por el reconocido piloto británico Jim Clark, lo cual marcaría el arranque de otros ocho Grandes Premios consecutivos que se llevarían a cabo en lo que hoy conocemos como el histórico Autódromo Hermanos Rodríguez. El Señor Presidente y sus amigos de arrancones lo lograron. Consiguieron todo, menos correr el Gran Premio de México, cosa que seguramente también hubieran querido.